
Sale Mabel nuevamente, porque es una señorita atrevida y empecinada, a pesar de su carácter constipadito que nuestros lectores ya conocen.
La cita es en Devoto con sujeto que ha declarado ser cuarentón, residente de Recoleta City, abogado y poseedor de moto chopera que nada tiene que envidiarle a los gordos de People and Arts. Divina ella, la vieran nuevamente toda blanca y radiante va la momia por las callecitas de Devoto, pensando en jazmines y en la receta del matambre casero que se le perdió en algún cajón. Viene de un desengaño amoroso, nuestra pobre heroína, que la ha dejado alicaída y con el corazón un poco más roto que de costumbre.
Llega el señor, Mabel lo mide e ipso facto saca cuentas, e iluminada llega a la conclusión de que los cuarenta lo abandonaron hace rato, porque nadie con esa edad declara haber cursado el primario escuchando al Club del Clan. Fluye la charla que el sujeto emprende cuál tarea hercúlea con espíritu Frigor,” sin parar sin parar”. No es que Mabel sea muda pero es amante de las pocas palabras en el aire, y por eso lo mira, ya sin escucharlo y feliz de haber recordado la receta del matambre.
La hubieran visto a Mabel subidita a la moto, dirigiéndose a la casa del señor, pensando en cómo se sacaría ese olor a lubricentro de sus pantalones y sin aferrarse demasiado al caballero en cuestión por una cuestión de decoro, buen gusto y falta de traste.
A la hora de la verdad el Señor, que ya llevaba dichas cien mil palabras y más, evidencia carencias insalvables que la llevan a Mabel a pensar que todo premio a un desengaño amoroso debe medir más de diez centímetros sí o sí. Huye Mabel una vez más aduciendo tener que volver a su apartamento para colocar boiserie de telgopor en el baño.
Pasa una semana, Mabel ya repuesta de tamaño disgusto, y contenta por no haber tenido noticias del Señor, atiende el teléfono. Y ante sus oídos pasmados (a Mabel se le pasman los órganos por partes) escucha al Señor deslizar una invitación, y una justificación a la ausencia de llamado semanal. No sabe si ella le conviene porque vive lejos, y eso lo ha llevado a pensar si vale la pena la relación. Pero qué él ha notado que hay tanta piel, hay tanta pasión…
Ahí Mabel, mirándose sus uñas impecables le espetó:
- “Qué interesante, pero a veces no es que la pasamos bien, solamente nos callamos de puro educadas”
Jodete por boluda Mabel, hubieras puteado.
domingo, 28 de febrero de 2010
El día que Mabel dijo next
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